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La Leyenda tradicional de Quito.Fotos-Leyendas-002

LEYENDA DE CANTUÑA

Relato Literario

Lic. Pablo Rodríguez Toscano

Hace mucho tiempo, durante los primeros años de vida colonial en la ciudad de Quito, cuenta una narración antigua que los primeros frailes franciscanos contrataron a un indígena conocido con el nombre de “Cantuña” para que construyera el atrio de lo que sería el monumental Convento dedicado al Santo de Asís. 
El indígena, llevado quizá por la sed de oro o el ansia de gloria, cometió la locura de firmar solemne compromiso para construir tan grandiosa obra sin darse cuenta que no alcanzaría a cumplir a tiempo con el mencionado contrato. 
El tiempo pasó y cada vez más se acababa el plazo para culminar la obra que en su construcción estaba a la mitad. Con el esfuerzo humano era imposible culminar el ofrecimiento en el tiempo restante.
Loco de dolor, fatigado, consumido por la fiebre y por los temores, Cantuña, en su casa, pensaba:

- “¡Faltan sólo pocas horas para terminarse el plazo!”.

Los sueños de dicha y de grandeza, que alimentara el pobre indiano, se iban abajo ante la realidad terrible. El contrato no sería cumplido y sabía que pronto sería arrojado a la obscuridad fría de una cárcel con la burla de las gentes encima. 
Moría la tarde en un crepúsculo de fuego. Las campanas de las escasas iglesias llamaban con sonoridad a la oración de la tarde; en el ambiente flotaba un perfume campesino y puro, la poca gente se dirigía al templo, o, presurosa, a encerrarse en el hogar.
Cantuña, jadeante y ansioso, recorría a largos pasos su habitación. Se encomendó al Divino Creador con rezos y súplicas para que le hiciera el milagro de ver culminada la construcción de su atrio. Conforme iban saliendo de su boca las palabras de la oración, un consuelo de esperanza parecía descender sobre él. Acabada la súplica, el indígena se dirigió a la obra inconclusa con la confianza de que el Divino Señor había atendido su ruego. 
Por un ángulo de la plaza, envuelto en amplio poncho, apareció Cantuña. Sus ojos creyeron divisar, en la espesa niebla, a obreros divinos que daban la última mano al atrio gigantesco. Palpitó su corazón de gozo y por un instante una oración de gratitud brotó de sus labios. Pero la visión alegre se esfumó como se esfumó la niebla que envolvía a la construcción, y vio con desalentadora tristeza que sus súplicas no habían sido escuchadas, ¡se había engañado!, el atrio inconcluso apareció de las sombras. La ira salió de su corazón acompañado de blasfemias que vibraron por todo el espacio.

En ese momento, justo cuando las maldiciones descendían de su clímax, de entre los montones de piedras mal apiladas salió un personaje misterioso, envuelto en manto rojo; rostro negro; sudoroso; con sonrisa hipócrita dibujada en su boca enorme; poco a poco, el fantasma, se acercaba al espantado indígena.

- “¡CANTUÑA!”,

Lo llamó…

- “¡Sé cuál es tu dolor!”. “¡Sé que mañana serás desgraciado y sin honra!”. “Pero yo puedo consolarte en tu aflicción…” “¡SOY LUCIFER y he venido a ayudarte!”; “¡Antes de que asome el alba el atrio estará concluido; tú, a cambio, me entregarás tu alma!”

“¿Aceptas?”

Preguntó el demonio…

…y en un estado de shock, con el rostro pálido y el cuerpo lleno de frío, el indio Cantuña, dejándose llevar por su pena y el terrible miedo, sin pronunciar palabra alguna, y afirmando con su cabeza, aceptó el trato. 
Puso tan sólo una condición. El asustado Cantuña entre dientes y mirando al suelo dijo: 

- “… si al amanecer, antes de que se pierda el sonido de la última campana del Avemaría, no está concluido el atrio; si falta una piedra que colocar, una sola, óyelo bien, el trato será nulo”.

- “¡Hecho! ¡Firma el documento!”


Contestó el Demonio.

Poco después, sentenciado y maldito, volvía el triste Cantuña a su vivienda. Lágrimas abundantes corrían por el rostro moreno del runa. Ferviente imploró al cielo perdón por su culpa y remedio para su alma...
Al día siguiente, cuando empezaba a romper el alba, Cantuña se dirigió presuroso a la construcción de la obra. Al llegar, miró que millones de diablos rojos cruzaban, como lenguas de fuego, por el espacio, atareados en la construcción del atrio que majestuoso se alzaba...
Y el alma, la pobre alma del indígena, estaba ya perdida. Una oración, la última llena de fe y de penitencia, salió de sus labios. Por otra parte Luzbel reía.
Lentas, graves y consoladoras sonaron las cuatro campanadas que anunciaban la aurora.

- “¡Victoria!”

Rugió Luzbel…

- “¡Victoria!”   “¡Falta una piedra!”

Exclamó el indiano…

En efecto, un bloque, uno solo, faltaba aún. El alma de Cantuña habíase salvado. El impotente indígena en su desesperación por librar su alma de la condenación del infierno había escondido una de las piedras de la construcción debajo de su poncho sin que ninguno de los demonios se percatara de eso.

Satanás, maldiciendo, se hundió en los infiernos con sus diablillos.

El alma del indiano estaba libre y como recuerdo, el atrio alzábase, solemnemente a las miradas de los creyentes quiteños.

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